Cuyo y la relatividad del “ahí no hay nada”

Embarcándonos en el Milagrosa

Embarcándonos en el Milagrosa

El barco frena en medio de una calurosa noche en alta mar. El motor deja de funcionar. No hay ningún anuncio por alto parlante, ni nadie de la tripulación que haga correr la noticia, pero sabemos que algo pasa. Mecánicos vestidos con overol azul salen desde el subsuelo con los brazos manchados de grasa y cara de preocupación. Las olas golpean con fuerza y caminar por el barco nos hace recordar a viejas noches de borrachera. Buscando explicación en el azul profundo del mar, o tal vez en el brillo de la luna menguante, la gente se empieza a amontonar en babor y estribor, mirando al horizonte, fumando y barajando hipótesis que esclarezcan la situación. En un país formado por más de 17000 islas y con cientos de barcos y compañías que las recorren a diario, nunca se está muy lejos de un ex marinero o incluso capitán ansioso por aportar sus conocimientos y ser escuchado con respeto. No entendemos las palabras, pero el movimiento de las manos para arriba y para abajo nos hace suponer de lo que están hablando. Las manos se frenan, “engine” dice el supuesto ex marinero y la gente lo escucha con atención.

Dejamos nuestra cama cucheta y, esquivando bolsos, cajas con gallinas y electrodomésticos que se desparraman por los pasillos, nos sumamos a los que avistan el horizonte. Inmediatamente todos notan nuestra presencia, nos saludan, se ríen y vuelven a mirar al mar. Esa brisa, tan única del mar abierto, nos hace cerrar los ojos y esperar en silencio, escuchando el ruido de las olas. Nos distrae la voz de un señor cincuentón, claramente ofuscado por la demora. Sin saludarnos ni presentarse, nos dice con enojo, “Yo no sé porqué no tomaron un vuelo, es mucho más rápido”, esperamos que continúe, pero se queda mirándonos esperando una respuesta. No intentamos explicarle nada acerca del romanticismo de las largas jornadas en barco, ni de nuestro interés por ser parte de una cotidianeidad que desconocemos. Siendo extranjeros se supone que deberíamos hacer lo que ellos harían en caso de poder, y a un viaje de 40 horas sin televisión o comida provista para entretenerse, suponemos que somos de los pocos que lo elegirían. “Es que queremos frenar en la isla de Cuyo”, le decimos simplemente. “En Cuyo, ¿para qué?, si ahí no hay nada”. Mirando en el mapa de Filipinas, Cuyo aparece como un conjunto de pequeños puntos de camino entre Puerto Princesa e Iloilo, nuestro destino final. Las guías de viaje no las mencionan, y hasta en internet la información es escasa. Esto mismo es lo que despierta nuestra curiosidad, las ganas de conocer cómo vive la gente de este pequeño lugar, y ver cómo se moviliza el pueblo con la llegada del ferry en el que nos embarcamos. No sabemos si hay playas, volcanes, selva o es simplemente una isla rocosa, pero para descubrirlo, al menos por ahora, éste largo voyage es la única manera.

Literas en la clase económica del Milagrosa

Literas en la clase económica del Milagrosa

Los motores se vuelven a encender, nos movemos, pero no avanzamos. La gran mole de la compañía Milagrosa (nombre que se apoya en la esperanza divina para seguir funcionando) gira sobre su eje y cambia completamente de dirección. Tal vez el capitán se quedó dormido y se pasó de la ruta, o una tormenta que se avecina lo hizo cambiar de camino. Nadie dice nada, no hay caras de preocupación, asombro o enojo, por lo que las cosas no pueden estar muy mal. Volvemos a nuestra litera y escuchamos a nuestra vecina nombrar el punto de partida “Puerto Princesa…”, seguido de un “coming back”. “Disculpá… ¿qué está pasando?”, “estamos volviendo a Puerto Princesa porque tienen que arreglar el motor”, nos dice nuestra despreocupada vecina. ¿Romanticismo? Nos preguntamos ahora. Nos cuesta creerlo, después de seis horas de navegación estamos retrocediendo todo lo avanzado, pero lo más increíble es que ninguno de los pasajeros muestre alguna señal de disconformismo. Todo sigue como si nada, se vuelven a sentar, sacan arroz de sus tuppers o se sientan a mirar la diminuta pantalla del reproductor de DVD que trajo un joven para salvar a medio barco del aburrimiento. Mientras tanto un grupo de ocho nenes (y otros no tan nenes) sigue con su entretenimiento mayor: mirarnos sin descanso en cada movimiento que hacemos.

Otra vez el barco se frena y gira sobre su eje. Otra vez los mecánicos de overol azul que pasan. Otra vez todos a mirar el mar. “Iloilo”, dice ahora la vecina sin expresiones. De un momento para el otro parece que los problemas se solucionaron, o tal vez que el nombre de la compañía tenía mucho de cierto. Así como nadie se preocupó cuando retrocedíamos, ahora nadie se alegra porque volvemos a avanzar. Bahala na! Que significa “¡no tiene importancia!” es la mejor frase que define la pasividad del carácter de los filipinos.

Descubriendo ese punto en el mapa

Y al abrir los ojos a la mañana siguiente, no sólo nos encontramos con la mirada de los ocho nenes, sino además con los preparativos para el evento que rompe la monotonía del viaje. Miramos de reojo y nos parece no habernos despertado todavía del sueño. El agua es turquesa, cristalina, y una franja de arena blanca domina el horizonte. Saltamos de la cama, no pudiendo creer lo que nuestros ojos están viendo. “¡¡Mirá, mirá!!… ¡mirá el agua, mirá esa playa… bajemos!”. Tenemos ocho horas para conocer la isla, mientras el barco descarga la mercadería traída desde Puerto Princesa, casi en su totalidad gaseosas y cervezas San Miguel.

Descarga de mercaderías en el puerto de Cuyo

Descarga de mercaderías en el puerto de Cuyo

La primera impresión es la que cuenta

La primera impresión es la que cuenta

El agua de este puerto no está oscurecida por la contaminación del combustible y de los desechos tóxicos, no hay botellas de plástico o bolsas flotando, tampoco hay motoqueros desesperados por llevarte a cualquier punto de la isla. Es que en la pequeña Cuyo no hay muchos puntos que no estén a distancia caminable.

La llegada del barco es un gran evento para los habitantes de la isla. Significa la conexión con el resto del país, el regreso de sus familiares viviendo en Palawan, la llegada de mercaderías y el ocasional arribo del turismo. A la salida del puerto, varios puestos de comida se alistan para la ocasión.

Nos descalzamos y, con una gran satisfacción interna por haber elegido hacer el largo viaje que frena en esta isla donde “no hay nada”, caminamos por la idílica franja de arena. Pronto descubriríamos que Cuyo es un secreto bien guardado por los amantes del kitesurfing. Si alguna vez pensamos que teníamos demasiado equipaje, es porque todavía no habíamos visto con todo lo que cargan estos amantes de las olas y el viento.

Puestos de comida a la salida del puerto de Cuyo

Puestos de comida a la salida del puerto de Cuyo

Los kitesurfers son los únicos extranjeros en la isla

Los kitesurfers son los únicos extranjeros en la isla

¿Qué no valía la pena el viaje?

¿Así que no valía la pena el viaje?

Bajo el intenso sol caminamos por sus tranquilas calles, simplemente observando el relajado estilo de vida de la isla. Junto a los nenes que salían de la escuela nos tomamos el helado más feo de nuestras vidas, aunque su numerosa clientela no parecía opinar lo mismo. En la misma manzana también está el colegio secundario, y hasta una universidad. Pero el edificio que más se destaca en toda la isla es el Fuerte Cuyo, construido en 1680 durante la colonización española, donde además funciona la iglesia más antigua. Un visible mural pintado en la entrada deja bien en claro las leyes de la iglesia: confesar los pecados al menos una vez al año… recibir santa comunión al menos una vez al año…  contribuir en el apoyo a la iglesia en cuanto a necesidades materiales (en este caso no aclara que sea una vez al año)… los padres están obligados a bautizar a sus hijos apenas son registrados después de su nacimiento. Y la lista continúa.

El tránsito en la isla será muy limitado, pero igualmente nos dimos el gusto de hacer dos viajes a dedo. Con la ayuda de las motos que nos levantaron, pudimos ir a la playa Coco Verde (a 5 km del puerto), refrescarnos entre aguas vivas, salir corriendo del agua cuando las vimos, y volver al Milagrosa antes de que nos deje en nuestro querido punto en el mapa.

Caminando por las tranquilas calles de Cuyo

Caminando por las tranquilas calles de Cuyo

El helado que todos en Cuyo disfrutan

El helado que todos en Cuyo disfrutan

Fuerte Cuyo e iglesia

Fuerte Cuyo e iglesia

Playa Coco Verde

Playa Coco Verde

Las gaseosas ya fueron descargadas, estamos listos para el último tramo. Los nenes nos ven entrar y retoman sus posiciones de “Gran Hermano” que nos hace sentir parte de la novela 1984. También el cincuentón nos mira y se ríe, como diciendo “vieron, yo les dije que no había nada”. Ninguno de ellos, ni de tantos otros arriba del barco, salieron del perímetro del puerto en las ocho horas que estuvimos en Cuyo. Seguramente todos compartan el mismo sentimiento, o todos estén cansados ya de hacer este viaje que a nosotros, primerizos, nos parece tan romántico.

Esta pequeña isla, que por circunstancias de la naturaleza se cruzó en medio de nuestro camino, quedará guardada como una de las mejores pruebas de por qué elegimos viajar lento, por tierra y mar, intentando no pasar por arriba nada de lo que haya en el camino, porque cada vez que nos dejamos llevar por los “ahí no hay nada” puede haber otro Cuyo esperando ser descubierto. 

Los motoqueros de la isla

Las motoqueras de la isla

Gasolinera en Cuyo, FIlipinas

Calamares secándose al sol

Calamares secándose al sol

Siempre puede haber un Cuyo esperándo ser descubierto

Siempre puede haber un Cuyo esperando ser descubierto

Marcando el Polo. Blog de viajes por Asia y Oceanía

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9 Respuestas a “Cuyo y la relatividad del “ahí no hay nada”

  1. Excdelente posteo, qué bien relatan lo que sienten a cada paso, parece que uno también estuviera ahí. Besos!

  2. El viajar hace que esos “puntos en el mapa” se asocien a caras, experiencias, colores, sabores, sensaciones… Qué bueno que se cruzaron con Cuyo, divinas playas, a pesar de las aguas vivas. Saluoos!

  3. Que loco lo que estan haciendo sin saber siquiera con que se van a encontrar,me gusto mucho la ultima foto,me hizo sentir la misma alegria de ustedes,los felicito ,y espero anciosa la proxima nota.

  4. Casi siempre los “ahí no hay nada” se llevan las mejores experiencias en los viajes… qué alegría que no hayan hecho caso y hayan descubierto Cuyo, y que ahora puedan compartirlo con nosotros! Un abrazo viajeros!

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