Conociendo a los presos de una cárcel sin rejas

“La conocen los que la perdieron,

los que la vieron de cerca irse muy lejos,

y los que la volvieron a encontrar,

la conocen los presos… la libertad”

Fragmento de “La libertad”, Andrés Calamaro. Te invitamos a hacer click en el video y dejar que la música te acompañe mientras leés este posteo.

¿Te imaginaste alguna vez una cárcel donde los presos no intenten escaparse? Una cárcel donde en vez de rejas haya palmeras y en lugar de celdas, casas que los mismos reclusos construyen. Un lugar donde el orden y la disciplina son moneda corriente, y donde los presos se sienten afortunados de estar. Que no sirva para crear mejores criminales, sino mejores personas. Bueno, no te imagines más… ese lugar tiene nombre y se llama Iwahig.

Entrada a "Iwahig Prison and Penal Farm"

Entrada a “Iwahig Prison and Penal Farm”

¿Es posible una cárcel sin rejas?

Mientras muchos turistas se van a visitar el río subterráneo muy cerca de Puerto Princesa, nosotros decidimos pasar el día en el Penal de Iwahig, para así ver desde adentro cómo opera un verdadero centro de rehabilitación, y sentarnos junto a los protagonistas de esta historia para que nos cuenten qué sienten al estar presos en una cárcel sin rejas.

La entrada a “Iwahig Prison and Penal Farm” parece más la de un Parque Nacional que la de una cárcel. Nos recibe un preso vendedor de llaveros y el guardia que, sin mucho protocolo, nos deja entrar. Teníamos nuestras tarjetas de prensa preparadas, pero no fueron necesarias. Ni siquiera nos revisan las mochilas, ni nos preguntan el motivo de la visita. El colmo de un país donde para entrar a todo supermercado, shopping o estación de trenes te revisan más que en la cárcel. Entramos caminando por los campos plantados de arroz, entre vacas, patos, gallinas, cabras, búfalos y perros. De fondo se ven las montañas, también parte de las 23.000 hectáreas del predio de la cárcel. Desde la entrada hasta el “centro” tenemos que caminar unos 5 km. Por el camino hay puestos donde venden miel, algunos kioscos y chozas. Estas casas son la de los presos de mínima seguridad que merodean tranquilamente. Si no mirásemos para atrás y viésemos la entrada, diríamos que estamos caminando por un tranquilo pueblo del campo. Nos vamos acercando a lo que es el “centro” de este pueblo dentro de una cárcel. Vemos pasar nenes con uniforme del colegio que nos piden plata. Las nenas, avergonzadas, les tiran piedras y les dicen que se callen. Presos pasan en bicicleta y saludan muy alegres. Seguimos en duda si cada uno que cruzamos es un recluso o estamos en un pueblo antes de ingresar a la cárcel propiamente dicha. Sabíamos de la libertad que tenían, que podían vivir con sus familias y que hasta había una escuela dentro del complejo para educar a sus hijos, y por eso quisimos venir. Pero nuestras mentes están tan encasilladas al concepto de barrotes y alambres de púa que nos cuesta creer el funcionamiento de este lugar.

Nenas recién salidas de la escuela dentro del penal.

Nenas recién salidas de la escuela dentro del penal

Los internos pueden generar un ingreso vendiendo sus productos

Los internos pueden generar un ingreso vendiendo sus productos

Casa de uno de los internos de mínima seguridad

Casa de uno de los internos de mínima seguridad

Negocio dentro de la cárcel

Negocio bien aprovisionado dentro de la cárcel

Al llegar a la oficina administrativa, nos recibe Pedro. Su remera dice “Inmate minimum”, no hay dudas de que estamos hablando con quien queríamos, sin preguntar demasiado ni pedir permisos especiales. Es muy abierto al diálogo y no tiene que dar explicaciones a nadie de por qué está hablando con nosotros. Aprovechamos esto y nos sentamos a charlar con él. Enseguida se suma César, su amigo, quien en su entusiasmo por contarnos cómo es la vida en Iwahig se roba todo el protagonismo. Ambos son de Cebu y fueron condenados por el mismo caso de homicidio hace 11 años. César dice que lo que hizo fue justo ya que defendió a Pedro de una persona que lo estaba atacando. Sus identificaciones que llevan colgando dicen “homicide” y, por si quedaba alguna duda, un tatuaje en el brazo de Pedro, donde se lee la palabra “assasin”, inmortaliza su caso. Ambos fueron sentenciados a 15 años, pero por buena conducta estarían saliendo el año próximo, siempre juntos como amigos inseparables que son. César tiene un hijo al que le puso Aquiles por su interés en la mitología griega. Intentando impresionarnos con su cultura despliega su arsenal de conocimientos que van desde las ruinas de la Península de Yucatán hasta los bombardeos del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. “Como tengo tiempo y los presos de mínima seguridad tenemos TV por cable, me gusta mirar documentales de National Geographic. Estoy muy interesado en Perú, en las ruinas de Macchu Picchu… nadie sabe cómo se hicieron, son como las pirámides de Egipto, un misterio”. Sus conocimientos sobre Argentina no creemos que lo haya sacado de ningún documental, pero sí de los beneficios de su acceso a la TV. “Argentina es famosa acá…”, y llevándose los dedos a la cara hace un gesto como si estuviese usando anteojos… “¿¿¿cómo se llama???” No somos capaces de pensar en algún personaje que ellos puedan conocer y use anteojos, seguramente no está hablando de Chiche Gelbum, pero podría haber sido. Saca las paletas para afuera y hace cara de tonto… “¡Betty la fea!”, le decimos acordándonos de que ya nos la habían mencionado. “Yes, Betty la fea, Latin American TV is very popular here!!” Creo que nos quedamos con la bizarra reputación de país productor de carne enlatada. Para realzar sus dotes de todoterreno, también nos cuenta sobre Marimar y María la del barrio.

Pedro habla poco, ahora avergonzado por el protagonismo de su amigo y su fluidez con el inglés. Primero estuvieron presos en la cárcel de Cebu y después fueron trasladados a Manila. “Ahí estábamos todos apretados en una celda, me despertaba con dolores por todo el cuerpo. Abría los ojos, comía y volvía a dormir” nos cuenta. “¿Y qué pensaste cuando te dijeron que te trasladarían acá?” “No quería porque pensé que tenía que trabajar todo el día, no quería trabajar, sólo dormir.” La realidad cambió completamente cuando se encontró en este “resort para presos” con cancha de tenis, básquet, kioscos, restaurante, gimnasio y hasta una pileta natural a unos pocos kilómetros. Pero lo principal es la naturaleza, poder interactuar con ella y no estar encerrados en una celda gris y oscura, ver la luz del día, mantenerse activos, aprender una profesión. César dice que desde que entró aprendió a plantar arroz, a trabajar el campo y le dieron el diploma de plomero. Además, trabaja como cartero dentro del penal y hace algo de plata, lo justo para comprar algunos ingredientes para cocinar, pero no para tener un ahorro cuando salga. Ambos trabajan en la oficina y tienen franco los fines de semana, cuando sus familiares pueden visitarlos. Si están casados, su esposa puede mudarse con ellos, como así también sus hijos. César no está casado legalmente por lo que no dejan que ella se mude a la cárcel aunque tengan un hijo. Del bolsillo saca un celular y nos muestra la foto de su esposa con su hijo. En voz baja nos dice que está prohibido tener celular, pero que él tiene uno de todos modos, “shh, que nadie puede verlo”. Notando lo relajado del sistema nos damos cuenta por qué a pesar de ser ilegal puede llevarlo “muy escondido” en su bolsillo.

Nos sentamos a charlar con los protagonistas de esta historia: César y Pedro

Nos sentamos a charlar con los protagonistas de esta historia: César y Pedro

Pedro nos muestra el penal

Pedro nos muestra los distintos rincones del penal

Iglesia de Iwahig

Iglesia de Iwahig

Cuando llegan al penal, los presos tienen talleres de orientación vocacional y adquieren distintos conocimientos de acuerdo a sus intereses, para que cuando salgan tengan una especialidad en la cual buscar trabajo. Todos deben trabajar, por lo que reciben un pequeño sueldo para comprar su comida, ya que sólo les proveen arroz  y algunos vegetales. Cada uno se compra lo que quiere con su dinero y se cocinan en sus respectivas chozas.

Hablamos desestructuradamente, como si se tratara de quienes nos levantan en la ruta mientras hacemos dedo, pero en vez de retratarnos la vida de sus familiares en Canadá nos cuentan cómo eran las suyas once años atrás, cómo mataron a una persona, cómo los cambió el penal y cómo será su vida una vez afuera. “Cuando salga voy a cambiar mi actitud”, dice César. Mientras Pedro, lo único que quiere es vivir una vida normal.

Nos llama la atención el tatuaje que Pedro tiene en su rodilla. Es una mariposa, símbolo de libertad, la misma que llevaba en su pecho Papillion, quien vivió una realidad tan distinta pero sintió el mismo anhelo de salir de la jaula para desplegar sus alas y volar. Los dos nos muestran todos sus tatuajes y se ríen cuando vienen extranjeros que pagaron cientos de dólares por los suyos. César se levanta la remera y nos muestra unos de un diseño no muy profesional… “¿sabés cuánto pagué por este?… un paquete de cigarrillos jajaja ¿y por este?… un paquete de café jajaja… por este un paquete de galletitas, y por este último 5 pesos (USD 0,08)”. Pedro es más tímido como para interrumpir a su amigo, pero los suyos están mucho mejor logrados. Uno enorme ocupa casi toda su espalda, que de haberlo hecho el mismo que le tatuó a César hubiese sido un desastre a gran escala. Nos explican que no usan tinta adecuada para la piel, sino tinta de calamar, pomada para zapatos o carbón con agua. “Cuando hace mucho frío la piel se me levanta” dice César.  Nos cuentan que los que saben tatuar van ofreciendo sus servicios a cambio productos de primera necesidad como cigarrillos o galletitas… cómo negarse.

Tatuaje de Pedro

Tatuaje de Pedro

Con esa leyenda no nos queda ninguna duda...

Con esa leyenda no nos queda ninguna duda…

“¿Qué significado tienen las uñas pintadas de negro?”, le preguntamos a César. “Es que tengo la costumbre de comerme las uñas, entonces fui a lo de una vecina que hace las manos y le pagué 50 pesos (USD 1,25) para que me las limara y pintara con esmalte con negro. Cada vez que me las quiero comer, me acuerdo cuánto gasté y me guardo las manos en los bolsillos, jaja.” No podemos imaginar a un preso de ninguna cárcel latinoamericana yendo a la manicura.

Todos los presos de mínima seguridad tienen acceso a una bicicleta, y César nos presta la suya para ir al negocio de suvenires. Muy orgulloso nos cuenta que le guió a muchísimos extranjeros, incluidos de National Geographic, Lonely Planet y otras publicaciones. “Todos los días tenemos visitas. Es más, mañana está llegando un crucero con 1500 pasajeros y para eso preparamos un show de baile.” Ya podemos imaginar a los adinerados turistas con su cámaras gigantes haciéndose los conmovidos por la situación y comprando suvenires, siendo la plata la única manera que encuentran de acercarse a gente de una realidad tan distinta a la suya, para con eso sentir un poco menos de culpa.

El negocio de suvenires es una gran casa construida en 1924, que de 8 a 5.30 funciona como tal, mientras que el resto del día es el hogar de dos internos. “Es una casa muy grande para sólo dos personas” le decimos a uno de los presos que vive en ella, quien está cumpliendo una sentencia de 20 años (le quedan 5 más). “Sí, a la noche hay white ladies, yo las escucho”. Con white ladies se refiere a fantasmas, pero dice no tenerles miedo, “puedo escucharlas y sentirlas, pero no verlas”. Más que de las white ladies nosotros nos cuidaríamos de su compañero, un joven que aparentemente no quiso dejar pasar ninguna oferta de tatuajes ya que tiene todo el cuerpo pintado, incluida la frente. Con una sonrisa de pocos dientes y cara de loco incurable posa para la cámara, haciendo gestos con los dedos como a todo aspirante a rapero le gusta hacer. Después de las fotos sigue con su partida de ajedrez, hablando y gesticulando. Tal vez William Burroughs estaba en lo cierto cuando decía que un psicótico es aquel que acaba de entender qué es lo que sucede a su alrededor.

Suvenires fabricados con plástico reciclado

Suvenires fabricados con plástico reciclado

Simpático habitante de la casa de suvenires, quien también vé "white ladies"...

Simpático habitante de la casa de suvenires, quien también vé “white ladies”…

En el centro de suvenires es también donde reciben a los grupos de turistas con su show de baile

En el centro de suvenires es también donde reciben a los grupos de turistas con su show de baile

Se suponía que nuestros guías voluntarios tenían que volver a trabajar, pero el ambiente es muy distendido y bajo un árbol nos quedamos charlando. De a poco se empiezan a sumar más presos, pero César se encarga de seguir cumpliendo el rol protagonico. Sacamos un mapa de Palawan y todos se amontonan para mirarlo, una actitud que notamos en todos los filipinos, quienes raramente pueden ubicar las islas de su país pero se entretienen buscándolas. “Cuando salga voy a ir a El Nido” dice César. Le dejamos el mapa a uno de ellos que seguía mirando las distintas localidades de la isla y nombrándolas aleatoriamente… “Brookes Point, Bataraza, Rizal, Quezón, Aborlan…”.

En todo momento nos sentimos hablando con los curiosos habitantes de un pueblo que, sin mucho para hacer, se interesan en nuestra extraña presencia. Es que en definitiva eso son, habitantes de un pueblo, pero de un pueblo del que no pueden salir. Nos dicen que no conocen a nadie que haya intentado escaparse y que muy rara vez hay peleas. Un penal ejemplo, del que no intentan escaparse ya que se sienten afortunados de estar en él, en especial los que vienen de otras cárceles. Donde el orden y la buena conducta se mantienen ya que nadie quiere perder los privilegios ganados. A simple vista parece ser el paraíso para cualquiera que intente fugarse, kilómetros y kilómetros de selva sin rejas, con una ruta que la flanquea, pero saben que es el mejor lugar para cumplir su condena y el miedo a ser descubiertos es más grande que el deseo de huir.

Distintos oficiales pasan en bicicleta, también el médico y cura, quien vive solo en su casa al lado de la iglesia. Cada vez que pasa un superior todos saludan obedientemente, haciendo el típico saludo militar. De no hacerlo, “¡maximum security!” nos dicen.

Anotamos la dirección del correo interno para mandarles aunque sea las fotos que nos sacamos juntos. Nos llevamos el cartel identificatorio de Pedro como quien se lleva un suvenir de “yo estuve ahí”. Antes de irnos César nos recuerda que le podemos mandar un reloj desde Argentina, o Malasia, o donde estemos… “uno barato, porque el mío no funciona”, y nos muestra la muñeca sin reloj.

Caminando hacia la salida con César y Pedro

Caminando hacia la salida con César y Pedro

Preso en Iwahig, Palawan, Filipinas

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Alguno de los paisajes dentro de la prisión

Verdes montañas cubiertas en vegetación tropical dominan el horizonte. Camiones con mercaderías entran y salen, así como también trycicles y vehículos particulares. La ausencia de rejas nos desconcierta y no podemos dejar de pensar en cuáles serían nuestros planes para escaparnos teniendo en cuenta que hay un conteo cada 4 horas. “Deberíamos estar arreglados con alguien para que nos espere en la ruta y nos lleve al aeropuerto, pero en eso tardaríamos más de 4 horas… entonces habría que estar arreglados también con el que pasa lista… y en Manila tendríamos que combinar con otro vuelo para salir del país…” Seguramente estas ideas habrán pasado más de una vez por la cabeza de todos los presos.

Nos vamos caminando por las calles de tierra, preguntándonos qué sentirán los familiares de la víctima al ver las condiciones en las que cumplen su condena César y Pedro. ¿Habrá sido realmente en defensa propia lo que hicieron? Imposible saberlo habiendo escuchado una sola parte de la historia, pero sí sabemos que el método de “que se maten entre ellos” utilizado en la mayoría de los penales sólo funciona para crear mejores criminales y engrosar los casos de reincidencia. Para muchos, Iwahig es un penal modelo. Para otros, demasiado premio para quien cometió un delito.

Iwahig es el único penal que conocemos que genera orgullo entre sus vecinos y admiración internacional. ¿Por qué será que no hay más cárceles que sigan su ejemplo? Seguramente porque es más fácil encerrar a alguien que intentar corregirlo. 

Mensaje en una de las calles de Iwahig

Mensaje en una de las calles de Iwahig

Iwahig, cárcel sin rejas, Palawan, Filipinas

Iwahig Prison and Penal Farm está ubicada a 17 kilómetros de la ciudad de Puerto Princesa. Ocupa más de 23.000 hectáreas, divididas en cuatro colonias. En la colonia “Central”, la que nosotros conocimos, hay más de 400 internos de mínima seguridad como César y Pedro, y más de 3000 si le sumamos media y máxima.

Para llegar (si no viajas a dedo) podés tomar uno de los frecuentes y económicos multicab desde Puerto Princesa hasta la puerta de la prisión.

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Este posteo es parte del Proyecto Eliminando Fronteras, que consiste en unir Asia desde Filipinas a Turquía por tierra y mar. Para enterarte de qué se trata, hacé click acá.


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8 Respuestas a “Conociendo a los presos de una cárcel sin rejas

  1. Chicos, sinceramente sorprendente. Me emociona pensar que puede existir en este mundo un modelo donde se priorice el desarrollo del ser humano ante la punición… y que de hecho, ¡existe! Esta “cárcel” debiera servir a otros como disparadora de una profunda reflexión… Es un ejemplo de que la excusa “eso sólo existiría en un mundo ideal” es tan sólo un pretexto de la mediocridad y la chatura del conformismo de la media de la sociedad mundial,y su consecuente resignación pasiva ante el sistema. Lo difundo!

    Excelente, los felicito. Bendiciones chicos!!!!

  2. Realmente quede conmocionada no solo por lo increible de la historia sino tambien por la audacia de ustedes. Ojala en todos los paises hubiera carceles asi creo que quien erro en la vida se puede rehabilitar….LOS FELICITO!

  3. Chicos muy copado el posteo! Lo leimos con mi novio y nos super entretuvo! de no creer lo plasmado pero siguen mostrando que en el mundo hay cosas que son positivas y ejemplo de cambios!
    Saludos y cuidensen mucho!

  4. Es maravilloso escuchar sus historias suele sentirse que tu también estas ahí. Los felicito y espero sigan escribiendo estas maravillosas aventuras que te invitan a salir de la cotidianidad.

  5. Es extraordinario el recorrido que están haciendo, tan alejado a lo que uno supone sobre los viajes. Y esta historia en particular es impactante.

  6. QUE NOTA!!!!sorprendente!!! tanto lo que cuentan (las historias, la vida de esta gente, lo distinto que es con respecto a lo que ya conocemos) como la escritura, la narración que tienen que hace pensar a uno que está ahí viviendo el momento. LOS FELICITO!!!

  7. Hola chicos, la mosca argento-australiana vuelve a merodear por su blog. Por momentos posada en el hombro de Dani, por momentos en el de Mr Fuser. Queria darles las gracias por esta nota y por permitirme (como a tantos otros) pasear gratis en sus hombros, sientiendo el caos de Manila, hablando con los personajes de la prision de Iwahig, comiendo el arroz gratuito de la vieja loca servicial, acampando junto a uds en las plantaciones de arroz, sintiendo pena por el chancho asesino viajero, tapandome la nariz de los olores de la vieja hedionda y riendome del enano pervertido toca-tetas… Y tantas cosas mas… Ansioso, expectante de hacia adonde vamos mañana?! Me saco el sombrero por su valentia y la magia de su prosa. Beso y abrazo respectivamente.

  8. Muchas gracias a todos por los comentarios. Nos hace muy felices saber que están viajando con nosotros. ¿Están listos? Porque el viaje recién empieza…! Sigamos recorriendo juntos y conociendo más que los atractivos turísticos.

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