Las terrazas de arroz que valen un ojo de la cara

Los mismos folletos turísticos que nos recuerdan “It´s more fun in the Philippines”, dicen que no podemos irnos del país sin visitar la octava maravilla del mundo: las terrazas de arroz de Batad, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Estamos en la playa de Pagudpud con el mapa en la mano bajo la sombra de una palmera y, muy preocupados por si el coco justo tiene ganas de caer arriba nuestro, decidimos cambiar de lugar para terminar de definir qué ruta íbamos a tomar para llegar a Batad. Nos separan 450 km, pero no tenemos apuro. Sabemos que no llegaremos en un día, pero en eso también está el atractivo de viajar a dedo: nunca sabemos dónde vamos a llegar, ni dónde vamos a terminar durmiendo.

Dejando Pagudpud atrás...

Autostop en Filipinas

Esperamos con nuestros pulgares listos y las sonrisas a flor de piel en uno de los tantos lugares donde nunca se nos hubiese ocurrido parar si no fuese porque un camión que pasaba nos dejó ahí. Los pocos autos que pasan nos hacen pensar que tendremos una larga espera, pero sabemos que tarde o temprano alguien se va a cruzar por nuestro camino para compartir la misma senda. Ni siquiera llegamos a impacientarnos que el auto de una familia australiano-filipina se detiene y nos invita a subir. En principio no revelamos nuestras intenciones de recorrer 450 km, pero la buena compañía, a pesar de un poco estrujados en el fondo junto a una tabla de surf, un skate, valijas y más valijas nos hicieron ir soltando el carretel.

Sin pensarlo habíamos hecho 350 km con ellos, marcando un récord personal con el mismo vehículo. Vale destacar que para esto tardamos 8 hs… las rutas en Filipinas no están en las mejores condiciones, sumado a la exagerada cantidad de “controles policiales” que hacen bajar la velocidad a 20 km/h por más que rara vez se vea a un oficial para realizar dicha tarea, y a las gallinas y perros que hacen de la ruta su hogar (¿será que tienen espíritu mochilero?).

Ruta Filipinas

Llegamos de noche a Santiago, una de esas ciudades en las que nunca hubiésemos querido frenar. Atrás había quedado el encanto de Vigan, o las aguas cristalinas de Pagudpud. En una actitud paternal (después de tantas horas ya eramos parte de la familia), nuestra familia adoptiva se preocupa por nuestro incierto paradero de esta noche. “Pueden dormir en el auto si quieren…”. Queríamos dejarlos solos por un rato, ya que al día siguiente nos volveríamos a encontrar para compartir otro tramo de la ruta, así que decidimos empezar a caminar con nuestras mochilas a cuesta. No en busca de un hotel, sino de la iglesia que habíamos visto al pasar. Si aman al prójimo tanto como a ellos mismos no podrán dejarnos dormir en la calle.

El locutor de “Radio María” nos mira asombrado, y muy inquisitivo nos pregunta acerca de nuestra religión, mientras nos preparan la sala de conferencias para que sea el mejor hotel que pudiéramos pedir, con desayuno incluido y todo. La hospitalidad había vuelto a triunfar.

Familia Australiana

Nuestra familia adoptiva en Filipinas

La iglesia que se convirtió en nuestro hogar por una noche.

La iglesia que se convirtió en nuestro hogar por una noche.

Nuestra familia salía del hotel Montecarlo, nosotros de dormir gratis en una iglesia. Las realidades eran opuestas, seguramente los hubiésemos prejuzgado al verlos salir con su auto del hotel, pero las impresiones engañan y esa familia acomodada de Sídney nos dice al despedirnos “ustedes son un ejemplo e inspiración para nuestros hijos”.

El paisaje alrededor cambiaba bruscamente, no sólo por pasar de la planicie a las montañas pintadas del intenso verde de las plantaciones de arroz, sino que además dejábamos atrás las rutas que ninguna guía de viaje menciona para entrar en el submundo “Lonely Planet”.

Pocos extranjeros habíamos visto en diez días en Filipinas aparte de los viejos en busca de prostitutas en la ciudad de Ángeles. Llegar a Banaue fue comprender de golpe que Filipinas es parte del sudeste asiático. Sí, geográficamente ya sabíamos dónde estábamos, pero las caras extranjeras (especialmente una invasión francesa nunca antes vista), los guías de montaña ofreciendo insistentemente sus servicios y los carteles de Guest House, Lodge y Money Changer se imponían molestamente por primera vez.

Seguimos hasta el pequeñísimo pueblo de Batad, con la esperanza que la dificultad de acceso nos devolviera  la Filipinas que no queríamos haber dejado. Desde el techo de un camión que nos acercaba al cruce para empezar a caminar hacia Batad, veríamos los jeepneys llenos de turistas en el techo, trycicles para los que no quieren compartir el disconfort de un jeepney, y camionetas privadas con chofer para los que quieren disfrutar las ventajas de un país pobre y jugar a ser ricos. Todavía seguíamos en terreno “Lonely Planet”.

Camino a Batad.

Camino a Batad.

Los folletos insisten en autodeclarar a las terrazas de arroz de Batad como la octava maravilla del mundo. El espectáculo de la mano del hombre, el orgullo de un país. Con tanta alaraca es obvio que todo novato en el país va a hacer el peregrinaje hasta este pueblo. A pesar de renegar, nosotros éramos dos más en esta ola de bermudas color kaki, zapatillas de trekking y gigantes cámaras apuntando a tan sólo centímetros de las caras de los ancianos locales.

Esa misma tarde no nos preocuparíamos por la octava maravilla. Armaríamos nuestra carpa en lo alto del pueblo, esperando que con su color verde pasara desapercibida. Antes de armarla ya estábamos rodeados por todos los nenes del pueblo, a los que se le sumaría el “encargado” del centro de informes queriendo hacer méritos para una donación, y otro “encargado” más juntando la basura acumulada hace semanas alrededor de nuestra carpa diciendo que limpia todos los días para no perder la oportunidad de pedir un donativo el también. Cuando la noche había caído y estábamos a punto de dormir, una voz femenina se escucha desde afuera de la carpa… “Helloooo, do you want massage?”. Todo esto nos hizo dar cuenta que no éramos invisibles.

Armando la carpa en Batad.

Armando la carpa en Batad.

Esa misma noche que queríamos pasar desapercibidos, Dani nos convertiría en el centro de atención. “Aaaaaaaah, mi ojooooo”, escucharon todos salir de nuestra carpa verde. “No lo puedo abrir, no puedo”, seguían los gritos de sufrimiento. El agua siempre es el mejor remedio, pero en este caso estábamos decididos a hacernos notar.

Al otro día aparecería el “encargado” de turismo a seguir haciendo méritos para su donación, mientras nosotros le pedíamos ayuda por el ojo de Dani.

– En el pueblo hay una clínica con una partera, ella los puede ayudar…

– ¿Una partera?

– Sí, no tenemos médicos ni enfermeros, sólo una partera, pero en el pueblo hay algunas personas que pueden curar los ojos.

Al rato aparece una de estas pocas personas con capacidades sobrenaturales para curar los ojos…

– Qué lástima… me olvide los anteojos y no la voy a poder ver bien.

– Ah… ¿y la partera a qué hora viene?

– No, hoy es sábado y no trabaja. Recién el lunes llega.

 Siempre estas cosas tienen que pasar en el lugar y el momento equivocados. Al ver la cara de dolor de Dani, la curandera se lava las manos en alcohol, agarra un pasto y lo dobla formando una especie de gancho, le abre el ojo a Dani y sin utilizar su esterilizado utensilio da su veredicto. “Reposo por 2/3 días y vas a estar bien… pero ustedes son extranjeros y no creen en estas cosas, sólo quieren médicos y medicinas”. A pesar de decir esto, a pocos minutos estaba recomendándonos que fuéramos a Banaue, el pueblo más cercano, para ver a un especialista.

El duro camino de montaña era la única manera de salir de Batad. 3 km no serían muchos por más que fueran en subida constante, pero a ciegas y con las mochilas eran una odisea a enfrentar.

Saliendo de Batad a ciegas.

Saliendo de Batad a ciegas.

Con un bastón, ambos ojos cerrados y agarrada de mi  brazo, Dani lograba que cada uno de los que pasara nos frenase a preguntar qué había pasado. Muchos pensaban que era ciega, y sólo nos daban palabras de aliento… “gracias por visitarnos a pesar de todo” o “son muy valientes, que tengan un muy bien viaje”, todos con cara de compasión. Al pasar todos se comentaban algo entre ellos, seguramente del tipo “¿Viste esa chica ciega? ¿Para qué la trae el novio? Encima están cargados con las mochilas… qué sinvergüenza”.

En el hospital de Banaue…

“Tendrían que ver a un oftalmólogo, pero sólo hay uno en la zona y atiende de lunes a viernes”, nos dice el médico con un gorrito polar “No fear”. Por adentro pensábamos… sí, y la partera de Batad también.

Cuando nos acomodábamos plácidamente en la habitación doble que nos habían dado gratuitamente para esperar viene No fear a decirnos que en Solano, una ciudad a 50km, hay un oftalmólogo de turno. Lo que más nos dolía no era el ojo, sino dejar la habitación. Estábamos agotados.

Llegamos, ahora sí… ¿dónde cazzo está el oftalmólogo?, pensamos mientras le toman la presión y la fiebre a Dani.

-¿Necesitan un oftalmólogo?

 -Claro, a eso vinimos, no a que le tomen la presión.

 -Ahhh, pero el oftalmólogo justo está en Manila haciendo una operación. Tienen que ir al próximo pueblo, donde está el hospital público que trabaja con otra oftalmóloga. Los podemos llevar en esa ambulancia, ya que otros pacientes tienen que ir también.

Ya resignados por la situación subimos a la ambulancia en busca de una esperanza en el Veteran´s Hospital, mientras por dentro pensamos seguramente el especialista también atiende de lunes a viernes. Pero dicen que la tercera es la vencida…

Hospital Solano, Filipinas

Dicho y hecho. Nos internan en una pieza superpoblada, sin cortinas que nos separen de un enano pervertido que se ponía muy caliente a la noche y estrujaba los senos de su acompañante, mientras ella protestaba. Del otro lado había una señora que emanaba olor en cada movimiento, y perduraba por horas en el ambiente, mientras las visitas de los otros cinco pacientes se olvidaban de su familiar y pasaban todo su horario mirando lo que hacíamos nosotros.

Y llegó la oftalmóloga…

Al entrar al consultorio nos encontramos con lo que queríamos ver, o bueno, lo que yo quería ver porque Dani seguía a ciegas. Aparatejos para chequear los ojos, esos cuadros con letras en distintos tamaños y un maletín que en una película estaría lleno de dólares, pero en este caso relucían lentes de todo tipo.  Mira el ojo y distorcionada por el barbijo dice “tenés una alteración de la córnea, en una semana vas a estar mejor, ponete estas gotas y usá el parche”. Después de caminar a ciegas con las mochilas, pasear por tres hospitales en tres pueblos distintos, aguantar ser el centro de atención por dos días en una sala con un enano pervertido y aromas desagradables, la tan buscada especialista nos dice lo mismo que nos había anticipado la curandera. Al instante se nos vinieron a la mente sus palabras… “pero ustedes, extranjeros, quieren médicos y medicinas”.

Si nos preguntan por Batad, no les podríamos decir con certeza si son la octava maravilla del mundo, pero sí que de lunes a viernes pueden ir tranquilos, en el pueblo hay una partera.

Saliendo del hospital de Solano, Filipinas

Marcando el Polo. Blog de viajes por Asia y Oceanía

Este posteo es parte del Proyecto Eliminando Fronteras, que consiste en unir Asia desde Filipinas a Turquía por tierra y mar. Para enterarte de qué se trata, hacé click acá.

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11 Respuestas a “Las terrazas de arroz que valen un ojo de la cara

  1. Genial chicos, los admiro! Espero que el ojo de Dani ya esté bien!!!
    Y sí, como les dijeron los australianos, son un ejemplo a seguir:)
    Exitos!!

  2. HOLA CHICOS: desde hoy van a ser mis amigos,estoy por hacer un viaje,aunque no tan arriesgado como el de ustedes,sus consejos me ayudan un monton a perder los miedos de andar a dedo y armar mi carpa,el que esta mas asustado es mi novio y yo los pongo como ejemplo.Espero que tu ojo este bien.GRACIAS.

    • Hola Laura! Al principio es normal que uno tenga miedo y hasta tenga verguenza al hacer dedo, pero es sólo cuestión de arrancar. Vas a ver que después de la primera vez, se va a animar y van a querer hacer dedo para todos lados!!

      Viajar a dedo y acampar les va a dar una libertad que no van a conseguir de otra manera.
      Saludos!!!!!

  3. Lo que pasaron!!! jajaja… por lo menos que nacer nacen durante la semana jajajaja….no hay espera! jajajaja Saludos y cuidensen =)

  4. Son unos genios!!!!!! Me alegro que esté bien el ojo de Dani, y me mató el enano pervertido! jajaja. Éxitos y muchas bendiciones en el próximo trecho =)

  5. Qué inspiración, cuando una posible futura viajera lee estas cosas es que se renuevan los ánimos y pensás “todo de alguna manera se resuelve”. La libertad de la que gozan es totalmente envidiable desde un alejado barrio dentro de Capital Federal…Éxitos!

    • Hola Giuliana, muchas gracias por la buena onda! Como me dijo un día mi maestra de segundo grado cuando me equivoqué al escribir una letra en una hoja donde no se podía borrar… “Todo tiene solución menos la muerte”. Todo pasa…

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